5 razones para enamorarse de Alicante

ÍNDICE

Autora: Oksana Aliieva

En Alicante no decimos «felicidad». Decimos: «Un verano sin fin, una historia que contar y un arroz que recordar». Y creo que eso es precioso. (*Frase utilizada en campañas promocionales de Turismo de Alicante.)

1. Alicante es la capital europea del sol

Imagina que cada mañana te despiertas bañado por los rayos del sol. Puede ser abril, octubre o incluso febrero. Los rayos del sol saltan por las paredes de tu dormitorio. Siempre, en cualquier época del año. Sales lentamente, sin prisas, a la terraza para saludar al mar. Las gaviotas sobrevuelan la ciudad contándose las últimas novedades. En el aire flota el aroma de las hierbas y especias mediterráneas. Son las ocho de la mañana y las calles están en silencio.

Y no, no estás en una isla paradisíaca de las Bahamas, ni en una de las remotas islas tropicales de la Polinesia, ni siquiera en la costa del Golfo Pérsico. Estás en Europa, a dos o tres horas de vuelo directo desde cualquier ciudad europea. Estás en Alicante, la ciudad de la luz, coronada por el sol, que ha elegido este lugar como su residencia permanente en Europa.

Sí, claro, el sol también tiene manchas, y en Alicante también hay días lluviosos. Pero los 320 días restantes del año disfrutarás del calor y la belleza del mar Mediterráneo, y celebrarás la Navidad o el Año Nuevo en la playa.

Por cierto, en los alrededores de Torrevieja (La Mata, Playa Flamenca, Orihuela Costa–La Zenia) se celebra cada año la fiesta de «Santa/Papá Noel en la playa», en la que todos los que lo desean acuden en traje de baño y disfrazados de Papá Noel, organizan barbacoas, picnics, discotecas y celebran juntos durante todo el día y la noche. Porque la vida en la costa está indisolublemente unida a la playa y al mar.

2. El mar, que siempre está cerca

En Alicante no hace falta «ir a la playa». La ciudad es tan compacta que basta con salir de casa y, en pocos minutos, ya se escucha el sonido de las olas. La playa más famosa, el Postiguet, se encuentra justo a los pies de la fortaleza de Santa Bárbara. Aquí siempre hay vida y bullicio. El paseo marítimo está lleno de cafeterías y restaurantes donde se sirven mariscos recién pescados y el orgullo de la provincia: el «Arroz de Alicante».

Si prefieres tranquilidad, en 15 o 20 minutos —y por solo 0,60 € con la tarjeta de transporte público— puedes llegar al barrio de San Juan. La amplia franja de playa se extiende a lo largo de 23 kilómetros de arena blanca y fina. Allí se encuentra la famosa playa de Muchavista, que lleva 30 años recibiendo el prestigioso galardón de la Bandera Azul por su limpieza.

Y si te apetece un baño realmente especial, te esperan los Baños de la Reina en El Campello, un suburbio de Alicante al que se puede llegar con el tranvía L1 o L3 en apenas 25 minutos. Son antiguas piscinas excavadas directamente en la roca costera. En otros tiempos, aquí había salinas romanas y zonas de baño para la nobleza. Hoy es uno de los lugares más pintorescos de la costa alicantina, con aguas cristalinas y piscinas naturales ideales para practicar esnórquel y hacer fotos al atardecer, cuando el sol tiñe el mar de dorado.

Por la noche, merece la pena visitar el puerto de El Campello para presenciar la subasta de pescado en la Lonja, un espectáculo animado y bullicioso en el que los precios del pescado fresco y los mariscos bajan a medida que avanza la puja. Aquí se respira la auténtica atmósfera de una ciudad marinera y ese espíritu especial que los alicantinos llaman «¡Viva la vida!».

3. Disfrutar del momento con cosas sencillas

Aquí, «Viva la vida» es más que una frase: es una forma de recordar que la felicidad está en los pequeños momentos.

Tomar un café en una terraza al aire libre durante todo el año, pasear por las callejuelas del casco antiguo, recorrer por la noche el paseo de mármol de la Explanada cogidos del brazo o reunirse con amigos un martes —y también un miércoles, y por supuesto un viernes— no son pequeñas cosas, sino parte esencial del día a día de los alicantinos.

Y, por supuesto, el día comienza tarde, porque incluso el sol aquí es perezoso para levantarse temprano: amanece despacio, como si hubiera pasado la noche bailando en alguno de los más de sesenta clubes nocturnos de la ciudad. Hacia las nueve llega la hora del primer café, en la terraza, en el balcón o en el bar de tapas de la esquina, donde por apenas 2 o 2,5 euros te sirven un desayuno tradicional tan sencillo como delicioso: pan con tomate —pan fresco ligeramente tostado, untado con tomate maduro, aceite de oliva y sal—.

Después, algunos se van a trabajar, otros salen a correr por el paseo marítimo junto al puerto deportivo, donde hay amarrados más de mil yates, y otros practican yoga en grupo al aire libre. Aquí se valora el deporte y el estilo de vida activo.

¿Y qué hacen los alicantinos en invierno? Siguen corriendo, navegando, jugando al golf o al pádel, montando en bicicleta… pero la actividad más apasionante es el senderismo. La provincia ofrece rutas para todos los gustos: desde paseos costeros fáciles hasta exigentes ascensiones de montaña. Hay más de 100 itinerarios, con mapas y niveles de dificultad disponibles en Internet.

Para mí, la ruta más inolvidable fue la Sierra de Bernia / El Forat de Bernia. Primero, porque hicimos la ascensión el 1 de enero, justo después de las celebraciones de Año Nuevo. Segundo, porque ninguno de mis amigos españoles me advirtió que era una ruta circular de dificultad alta, de unos 10–12 km. ¡Pero mereció la pena! Imagínate subiendo por un sendero pedregoso, con tramos inestables en los que hay que apoyarse con pies y manos, hasta alcanzar la cima a 750 m sobre el nivel del mar.

Desde arriba se divisan valles y barrancos, pero lo más sorprendente es un túnel natural, una grieta en la roca de apenas un metro de altura, que hay que atravesar de rodillas. No hay otra salida. Y justo al otro lado se abre una vista panorámica sobre Calpe y el mar —el Peñón de Ifach y la costa de la Marina Alta—. Es tan impresionante que querrás repetir la ruta con tus amigos del Reino Unido o Bélgica solo para ver su reacción, y después brindar juntos con una cerveza o una copa de vino, recordando ese momento.

4. Multiculturalidad y tolerancia

No te sorprendas si, siendo yo de Ucrania, entre mis amigos menciono a británicos y belgas. Según las estadísticas, a 1 de enero de 2025, la proporción de extranjeros en la provincia de Alicante ronda el 25 %. Piénsalo bien: uno de cada cuatro habitantes es de otro país. Entre los grupos más numerosos están los ciudadanos del Reino Unido (15 %), Marruecos (10 %), Colombia (9 %), Ucrania (7 %) y Rumanía (5 %).

Mi vecina rumana me ayudó con la mudanza; mi amiga colombiana nos invitó a jugar al golf con unos británicos; y en las clases de español coincidimos polacos, franceses, belgas y ucranianos. Todas las fiestas españolas las celebro con mis amigas locales. Vivimos como una gran familia unida, con más de 180 nacionalidades.

Y lo más importante: la absoluta aceptación y tolerancia por parte de la población local. Para mí, este fenómeno representa el máximo nivel de humanismo, con raíces en el pasado histórico de la provincia —fenicios, romanos, visigodos y musulmanes—, más de 2200 años desde la fundación de la ciudad de Alicante.

Por cierto, el nombre de la ciudad proviene del árabe Al-Laqant (Al Laqant / Al Laqanta). Y, a pesar de la conquista de la península ibérica por los moros y sus ocho siglos de dominio, aquí aún se agradece su legado: conocimientos en medicina, astrología, física, geometría y urbanismo. En recuerdo de aquella época, cada año se celebra la fiesta de Moros y Cristianos, con desfiles conjuntos en todas las grandes ciudades de la provincia.

5. Alicante es una fiesta que siempre te acompaña

A los alicantinos les encantan las fiestas y los festivales. Además de las celebraciones mencionadas —Moros y Cristianos, Navidad, Año Nuevo, la Epifanía, el Día del Trabajo o la Asunción de la Virgen María—, Alicante tiene sus propios festejos.

El más importante es el de las Hogueras de San Juan, que se celebra del 19 al 24 de junio y culmina con la quema de enormes esculturas de cartón piedra que alcanzan hasta nueve pisos de altura, en todos los barrios de la ciudad la noche del 24. Este espectáculo grandioso, acompañado de desfiles, fuegos artificiales y petardos durante toda la semana, atrae cada año a más de un millón de visitantes.

Otros eventos destacados son la Romería de la Santa Faz, una peregrinación de 8 km desde la ciudad hasta el monasterio homónimo; el Carnaval de Alicante, que se celebra entre febrero y mayo con desfiles y procesiones; y las Cruces de Mayo, cuando los vecinos del barrio histórico de Santa Cruz adornan las calles con flores y organizan celebraciones.

No te imaginas el esfuerzo y la alegría con que los alicantinos preparan sus fiestas: los preparativos suelen comenzar justo al terminar la edición anterior. Se escriben nuevos guiones, se cosen trajes, se ensayan procesiones, desfiles, escenas de batalla y coreografías. Las calles se decoran con guirnaldas, telas, flores y banderas. Los voluntarios locales ayudan con el transporte, las zonas para el público y los escenarios. Y para los turistas se organizan talleres y visitas guiadas que explican la historia y el proceso de preparación.

Es tan emocionante que deja una huella imborrable en la memoria y una nostalgia en el alma que hace que quien visita Alicante una vez, siempre quiera volver.

Cuando el avión gana altura y Alicante —con sus playas doradas, el paseo de mármol de la Explanada y la fortaleza de Santa Bárbara elevándose orgullosa— queda bajo el ala, parece que el sol también se va contigo a casa. No importa dónde estés mañana —en la lluviosa y hermosa Londres, en la bulliciosa y dinámica Varsovia o en algún rincón del norte—, dentro de ti quedará para siempre la sensación de calor y luz, el olor del mar y el eco de los aplausos tras los fuegos artificiales.

Hasta pronto, en Alicante.

Preparado por Oksana Aliieva para Alicanteturismo.info
@sanaspain

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